Sé que una película se volverá inolvidable para mí cuando, finalizada, me debato entre la risa y las lágrimas. Y eso me generó The Artist, una película que, aunque sabía que tenía excelentes críticas, descansó más de dos semanas en la mesa de luz sin dignarme a verla. Quizás por disponerme a mirarla sin ningún tipo de preconcepto es que me maravilló de tal forma. Qué acierto resultó que fuera filmada en mudo y, sobre todo, en blanco y negro; que los personajes no resultaren caras archi conocidas (salvo por el multifacético y siempre espléndido James Cromwell). Por la inclusión de ese perrito que representa tanto en el filme. Y sobre todo qué acierto poner como protagonista a Jean Dujardin, ese francés que parece arrancado de los años veinte y puesto ahí para ejemplificar a la perfección lo que era un caballero de esos tiempos.
Para mí, The Artist es una película excelente y mágica. Mágica porque me introduje en la historia desde el primer momento; porque me olvidé de que la película no tenía diálogos y me dejé llevar por esa preciosa banda sonora; es mágica porque los rostros superaban la ausencia de palabras; porque la fidelidad estaba puesta en un chofer y en un perro; porque el amor no buscó cambiar, sino adaptar; porque uno se olvida de ver y aprende a mirar.
La retrospección del cine mudo que sirve como homenaje a lo que fue los comienzos de éste arte resulta impecable en todas sus aristas: vestuario, maquillaje, escenarios, fotografías, modos de actuar y de relacionarse. Es tremendamente coherente con la música propuesta. Mención aparte merece la escena en que el protagonista sueña “con sonidos”, a modo de pesadilla. Todo parece encajar en su justo lugar y es quizás la explicación de porqué está película resulta un hechizo para el espectador. El argumento está tan bien plasmado que casi no se encuentran grietas por las que uno podría disentir, y fluye generando emociones que varían desde la ternura, la congoja, la risa, la tristeza y admiración.
Los últimos diez minutos me resultaron maravillosos; vale la
pena mirarlo y descubrir porqué.
El orgullo del artista, el paso del tiempo como pretexto cruel para el descarte, la dificultad de adaptación a lo que resulta nuevo, el amor como rescate, la lealtad de un amigo humano o animal, hicieron de The Artist una película que, paradójicamente, permanecerá inmutable en el tiempo.

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